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Donde hay aglomeraciones debería haber desfibriladores

 

El desafortunado fallecimiento de Manuel Candocia no es un caso aislado. Cada año se registran en España unas 24.500 paradas cardíacas extrahospitalarias, una cifra que da idea de la importancia de contar con los medios adecuados para evitar que deriven en fallecimientos. Desde hace unos años se ha extendido la presencia de desfibriladores en instalaciones en las que se concentran grandes aglomeraciones de público, como aeropuertos, centros comerciales o dependencias deportivas. En el campo de fútbol de As Somozas, en el que el domingo falleció Manuel Candocia, no lo había. Según comentó el presidente de la Federación Galega de Fútbol, el club lo rechazó porque el propio Candocia creía que, sin saber usarlo, podía hacer más daño que bien ¿Son realmente efectivos estos dispositivos?

Para el doctor Javier García Seara, electrofisiólogo cardíaco, la respuesta a esta cuestión está clara: «En lugares donde haya aglomeraciones debería haber desfibriladores». Son, por tanto, útiles. Pero, ¿puede manejarlos cualquiera? La respuesta, en este caso, es no. Javier García explica que los desfibriladores que se utilizan en instalaciones extrahospitalarias son semiautomáticos, de manera que «tienen la inteligencia de detectar las arritmias». La persona encargada de utilizarlos no tiene, pues, por qué ser cardiólogo ni tener conocimientos médicos, pero sí tiene que estar entrenada y saber «cómo poner las palas y administrar la terapia». Lo habitual, sostiene García Seara, es que se entrene a alguna persona para que pueda utilizar el desfibrilador en caso necesario. Pero lo deseable, en su opinión, sería que este tipo de entrenamiento formase parte de los conocimientos de primeros auxilios y que estos llegasen a un porcentaje más amplio de la población.

Para este profesional de la cardiología, la clave para evitar incidentes de este tipo es la prevención. Hay pruebas, dice, con las que puede detectarse el riesgo de muerte súbita. Se da la circunstancia, además, de que «la mayor parte de las personas que mueren súbitamente no padecían una enfermedad cardiovascular conocida. Muchas veces es la primera manifestación».

Fuente: La Voz de Galicia